miércoles, 25 de febrero de 2009

¡POR TODOS LOS DIOSES! ...cap III: ZEUS Y SU GRAN Y ENREVESADA FAMILIA

—Eres avispado y curioso, muchacho, ya lo vengo notando.

Te gusta la claridad de ideas. Por eso, vamos a comenzar por el principio, precisamente para que no ocurra en tu cabeza lo que ocurrió al comienzo del mundo, en que únicamente reinaba el caos, es decir, la confusión y el desorden.

Del caos surgieron el Cielo y la Tierra, los hombres y todas las cosas del universo, y los dioses del Olimpo se encargaron de velar por ellas.

Y el padre y señor de todos los dioses, el cabeza de familia del Olimpo, por así decirlo, era el gran Zeus o Júpiter Tenante.

—Alto ahí, maestro, ¿o el uno o el otro?

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que si el padre de los dioses era Zeus o era Júpiter.

—Ay, perdóname, muchacho, tienes razón, tenía que haber comenzado por acla- rarte también esto: Zeus y Júpiter son solo dios. Sí, una única divinidad pero nom- brada de dos formas diferentes. Zeus es el nombre que le dábamos nosotros, los griegos, y Júpiter es el que le otorgaron después j los romanos.

—Claro, entonces de ahí viene la expresión «¡Por Júpiter!», similar a la que tú empleas invocando a Zeus.

—Justo. Pero vamos a dejar una cosa bien sentada desde el comienzo: los nombres auténticos de los dioses son los nuestros, los de la mitología griega. La mitología romana es una copia servil de la nuestra, y en lo único que se molestaron los cesares, sacerdotes y senadores romanos fue en cambiar los nombres a los dioses para que el plagio no resultara tan palpable. ¡En eso estriba toda su originalidad, ya ves tú!

Pero ocurrió luego una cosa: como ellos fueron unos guerreros empedernidos y conquistaron medio mundo, impusieron su religión y sus dioses —que, en realidad, eran los nuestros— a los vencidos, y de ahí que los nombres de las divinidades romanas resulten más conocidos y familiares en la historia que los nombres auténticos de las divinidades helénicas.

¿Te acuerdas que al hablarte del palacio del Olimpo te conté que había sido labrado por Hefesto o Vulcano? Hefesto es el nombre griego, Vulcano, el que los romanos le dieron al mismo dios. Y lo cierto es que Vulcano se ha quedado para la posteridad; hasta el propio pintor Velázquez, cuando lo representa trabajando el metal en su forja, titula el lienzo «La fragua de Vulcano».

¡Gajes de la historia! Se apropian de nuestros dioses, les cambian de nombre para que no se note el hurto, y luego son estos nombres los que perduran. Pero, tampoco vamos a hacer de esta nimiedad una cuestión de vida o muerte, ¿no te parece? Zeus o Júpiter, Júpiter o Zeus, el padre de los dioses siempre será el padre de los dioses, y toda la familia olímpica lo reconocerá como tal sin disputarle jamás la primacía.

Zeus está en el más alto trono del Olimpo, y a sus pies están los tronos de los demás dioses. ¡Que son legión en la mitología clásica, muchacho, legión! «No hay hombre en el mundo», decía Hesíodo, otro poeta épico como yo, «que sea capaz de recordarlos todos».

Había dioses para personificar todas las virtudes y todos los vicios, cada fenómeno de la Tierra y del Cielo, cada arte y cada profesión. Las grandes ciudades y las pequeñas aldeas tenían, también, su dios o diosa protectores.

Pero toda esta pléyade de divinidades estaban debidamente jerarquizadas en grupos o categorías:

Primero, los grandes dioses o dioses superiores, en número de veintidós, de los cuales doce formaban la corte olímpica o celeste y tenían voz y voto en las deliberaciones.

Los seguían los dioses inferiores, que eran los protectores específicos de los campos, de las familias, de las ciudades, así como las divinidades domésticas y las alegóricas, entre otras muchas.

Finalmente, y ya sin derecho a morar en el Olimpo a no ser que el Consejo de los doce grandes lo permitiese, estaban los semi-dioses o héroes, como lo fue el desdichado Tántalo. Se denominaba así a aquellos hombres nacidos de la unión de un dios con una mujer mortal o bien de un mortal con una diosa. A lo largo de esta historia irán saliendo nuevas aventuras de famosos héroes mitológicos. ¡Que son tantos o más que la pléyade de los dioses, figúrate!

—Pero siempre Zeus o Júpiter rigiendo toda esta larga y complicada familia, ¿no es eso?

—Exactamente. Y, sin embargo, fíjate qué detalle más curioso. No es él el primero de los dioses, cronológicamente hablando.

—Ah, ¿no?

—No. Te contaré brevemente su origen y cómo consiguió implantar su señorío único e incuestionable en la cima del Olimpo.

Creo haberte dicho que al principio de los tiempos sólo existía el caos. De él surgieron Urano, dios del Cielo, y Gea, diosa de la Tierra, divinidades ambas las más primitivas de toda la mitología.

Gea y Urano forman, pues, la primera pareja divina y engendran a los titanes, extraños e indomables monstruos de cincuenta cabezas y cien manos cada uno. Urano, al verlos tan horribles, monta en cólera y los encierra a todos en las entrañas del Tártaro, o sea, en el infierno. Pero Gea es una madre y las madres idolatran y protegen a sus hijos, sean feos o bellos. Así que se pone de parte de ellos e incluso incita al primogénito, Cronos —denominado luego Saturno por los romanos—, a que destrone a su padre y se deshaga de él como único medio de que todos sus hermanos puedan quedar libres.

Cronos ocupa el trono divino de su padre y se casa con Rea. Pero hete aquí que pronto empieza a sufrir negras pesadillas y presagios, vaticinándole que quizá sus hijos puedan hacer con él lo mismo que él hizo con su padre, Urano. Ni corto ni perezoso —está visto que en esta familia el amor paternofilial no era la virtud más cultivada— decide deshacerse, uno a uno, de cuantos vástagos vaya dándole su esposa Rea.

Y de nuevo es la madre la que pone orden en esta trágica historia. Profundamente desolada por la suerte de sus hijos, decide un día no entregarle ni un recién nacido más a Cronos-Saturno. Nace Zeus y Rea lo esconde en la isla de Creta, donde es amamantado por una cabra y alimentado con la miel de las doradas abejas de la joven y hermosa Ida.

Pasa el tiempo. Zeus (Júpiter para los romanos, no lo olvides) es ya un mancebo apuesto y aguerrido que se siente predispuesto a ocupar el trono de su padre Cronos o Saturno, tanto más cuanto que éste sigue atentando contra la vida de sus propios hijos, es decir, los hermanos de Zeus. Comienza por resucitar a todos aquéllos que su padre había ido matando al nacer, y con ellos declara la guerra a Cronos y a todos los hermanos de éste, a los terribles y monstruosos titanes. Ayudan, también, a Zeus los cíclopes, que otorgan al joven dios el trueno y el rayo, símbolos ya para siempre de su autoridad y de su omnipotencia.

La batalla es formidable, mucho más que las que yo luego contaría en mi Iliada entre griegos y troyanos. ¡Versos labrados en oro serían precisos para narrar aquella divina epopeya!

Finalmente vence Zeus, arroja a Cronos-Saturno y a los titanes a las profundidades del Tártaro, y se proclama rey y señor del Olimpo para siempre, repartiéndose el dominio del mundo con sus hermanos Poseidón y Hades (Neptuno y Plutón para los romanos). Al primero le otorga el mar y al segundo el tenebroso mundo subterráneo o también llamado infierno.

—Una extraordinaria historia. Pero muy violenta, maestro, no me digas tú que eso de que los dioses anden liquidándose los unos a los otros o monten guerras entre ellos como si fueran...

—...como si fueran simples mortales quieres decir, ¿no es eso?

Es que como tales se comportan no pocas veces, muchacho, creo habértelo dicho ya antes. Y la razón es muy sencilla: a pesar de ser dioses, a pesar de dirigir e intervenir en la fortuna o infortunio de los hombres, nada pueden hacer contra su propio e irrevocable destino. El mismo Zeus Olímpico, padre y señor de todas las divinidades, se halla sometido a los hados caprichosos que pueden zarandearlo a su antojo. Hados que fueron, sin duda, quienes empujaron a Cronos, como acabamos de ver, a rebelarse contra su padre, Urano, a matar luego a sus propios hijos y a ser, finalmente, derrotado por uno de ellos: Zeus.

Tan sólo el amor materno, como habrás podido comprobar, puede más y vence a los hados y al destino. Tanto Gea como Rea, abuela y madre de Zeus, imponen su voluntad en esta trágica historia. El amor, en la mitología griega y romana, y yo diría que en todas las mitologías y religiones del mundo, siempre es más poderoso que el ciego destino, que el mal y que la misma muerte. Lo podrás comprobar en otras historias de dioses y de héroes, amigo mío.

Ahora, habíamos dejado al gran Zeus o Júpiter recién instalado en su trono del Olimpo, ¿no es así? Todos los dioses y todos los hombres, todos los estados y ciudades lo reconocieron de inmediato como el ser supremo. El es quien mantiene el orden y la justicia en el mundo. A la puerta de su palacio del Olimpo, según cuento yo en mi Ilíada, tiene dos jarrones de oro bruñido: uno contiene el bien y el otro el mal. Zeus distribuye a cada hombre el contenido de ambos recipientes por partes más o menos iguales. Aunque algunas veces hace uso únicamente de una de las ánforas, y entonces, ¡ay!, el destino de ese mortal es del todo venturoso o completamente trágico.

NOTA: gracias Cristian

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